Logotipo

La Selección volvió a perder y corre peligro de quedar fuera del Mundial

perdida_OK_1El equipo otra vez mostró una confusión gravísima, a tal punto que terminó tirando centros para Schiavi y Palermo. El gol de Paraguay, que ya se clasificó a Sudáfrica 2010, lo convirtió Nelson Haedo Valdez.

Ley de Medios, secuestro de un avión de Mexicana, tornado asesino en Misiones, paro de subtes y el exitoso, refinado y utilísimo Jorge Rial calificando a Maradona de “fracasado”. Cualquier distracción, cualquier desvío, cualquier viaje mental nos sirvió para no pensar, durante el día, en la noche que se avecinaba en Asunción. No pensamos en Arnaldo André, ni en la prosa de Augusto Roa Bastos ni –menos que menos– en el presidente paraguayo Fernando Lugo por temor a ya sabemos qué.

Empezó el partido y en media hora ya íbamos uno a cero abajo porque la suerte quiso, dos veces, que los palos de Romero fueran argentinos. ¡Buenísimo! Solamente uno a cero. En los números, el partido podía remontarse como un río, pero en los hechos el desempeño de los jugadores argentinos, excepto Verón y el arquero, fue de una tibieza técnica y moral tan grande que en el segundo tiempo más nos valió pensar, aunque en vano, en remontar una catarata de plomo.

El equipo de Martino, aceitado, con sus piezas asociadas como una máquina de desgaste físico, desprendiéndose rápidamente de la pelota y matándose en cada juego dividido, sacó la ventaja y la conservó en su campo, donde Argentina tuvo el control de algo que no podemos llamar juego. Porque el equipo de Diego tuvo la pelota en el tiempo más que en el espacio. Avanzó mil veces, pero con un nivel de eficacia nulo. Contemos las jugadas cerca del arco de Villar: un tirito de Verón en el primer tiempo, otro de Messi en el segundo y, sobre el final, un cabezazo ¡de Palermo para la entrada de Schiavi! que cruzó el área en el descuento y se fue para siempre.

Fue el último intento por empatar, y dadas las características del dúo constituido para del ataque final, dos experimentados jugadores en el ocaso de sus carreras, hay que asociar el hecho menos a la postulación de una táctica que a la desesperación por encontrar, si no una tabla de salvación –que no vemos flotar en ningún lado–, al menos una astilla.

Una mirada retrospectiva, aún cuando sea inmediata y contemple solamente los dos últimos partidos de la Selección, nos recordará que no sólo no aparece el equipo: tampoco lo hacen los jugadores. Verón fue el único elemento, de todos los empleados por Maradona en los últimos ciento ochenta minutos de su dirección técnica, que puede ser considerado como un jugador de temple internacional. El resto, incluyendo a Messi –un crack mustio–, y a Mascherano & Tevez, la pareja temperamental del equipo, no estuvieron a la altura de los beneficios de simpatía que les otorga la confianza popular. ¿Qué es lo que pasa? No lo sabemos. Mejor dicho, sólo sabemos lo que vemos. Y lo que vemos es un equipo sacrificado, sometido a la lógica de la desconexión y el autismo, débil tanto en estructura como en individualidades defensivas y, como si fuera poco, sin gol.

El instante del gol de Haedo, con la extraordinaria jugada de Cabañas en el medio de la cancha y el zurdazo dañino del delantero, fue un instante de envidia –malsana, como toda envidia–, un momento de juego y definición que alguna vez fue argentino. ¿No será que ya no somos lo que fuimos? Porque así como podemos lanzarnos sobre el rendimiento del equipo con el juicio más brutal e injusto (imagínense: vivimos en un país dónde hasta Jorge Rial, el Hombre Éxito, se anima a decirle fracasado a Maradona), tal vez sea hora de pensar si de nuestro star system de futbolistas puede salir, con Maradona o sin él, un gran equipo.

En desventaja, y acaso pensando ya no en el partido que estaba perdiendo sino en la secuencia negativa de los últimos meses, Argentina jugó un segundo tiempo tenso, como juegan los equipos perdedores. El desorden fue muy superior a mi departamento de soltero. El resultado está a la vista: no hay nada menos fiel a la idea de equipo que una situación en la que todo el mundo quiere salvarse solo. Incluso ése fue el mensaje interno de Diego al final, el telegrama colacionado a sus estrellas. Lo que vienen a decir las entradas de Palermo y Schiavi es categórico: el equipo no existe.

La expulsión de Verón fue demasiado peso para una formación sin brújula. Es cierto que mientras estuvo fue una brújula sin equipo, pero su presencia absorbía gran parte de la responsabilidad colectiva de tener y pasar la pelota, es decir de no temer su contacto como sí les ocurrió a varios jugadores que, aún con largos años de experiencia, no terminan de adaptarse a la escena de las Eliminatorias. Eliminatorias: qué nombre le fueron a poner. Ahora caemos en la cuenta de que estamos en el último suspiro de un torneo donde la mayoría de los equipos quedan eliminados. Je, je. Perdón: me río de los nervios.

Comentarios